Jun. 19th, 2014

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 "Probablemente estos últimos días se han convertido en los peores de mi vida, sin embargo, sé que se han sido un verdadero infierno para ti. Cuando te solía despertar entre besos y caricias, ahora te despertabas ante el fuerte sonido de los disparos o los gritos de tus compañeros; eso si eras capaz de conciliar el sueño. Y es que te imagino en el traje de soldado con el cuerpo de un niño, dispuesto a hacer lo posible por proteger a los tuyos. Para protegerme.
Pero es injusto que haya que proteger a los demás de algo. Las cosas no se deberían solucionar así.
Recuerdo cuando te decía estas cosas. Tus ojos entristecidos intentando esconderse tras tu sonrisa contagiosa. Me dabas la razón y me acariciabas la cabeza hasta que la alegría se desvanecía. Sé que pensabas "pero debo ir".
Y desde que no estás, parece que al salir de casa las luces no iluminan ningún camino, las voces de la gente no generan ningún sonido, el aire ya no se mueve. Lo único que hago es pensar en ti. En los momentos que recuerdo contigo y en aquéllos en los que me he imaginado en un futuro contigo. 
Un futuro en el que estaríamos juntos hasta que la muerte nos separase. 
Pero ha llegado antes de tiempo y simplemente, me niego a creerlo. Por eso mismo te estoy escribiendo esto. La muerte no podrá separarnos, no podrá destruir el amor que ha perdurado e incluso aumentado en nosotros tras todos estos años. 
Dicen que las palabras escritas son eternas y tal es mi afecto hacia ti, que quiero que quede constancia para siempre, tal y como me prometiste que harías tú, pues tus palabras de cariño siempre se grababan en mi corazón y en mi mente.
Te escribo esta carta para que, desde donde sea que me estés mirando, sepas que siempre te querré con todo mi ser".
 
Entre lágrimas, doblé el papel y lo introduje en el sobre con todo el cuidado del mundo posible para que se mantuviera en buenas condiciones. Aún así, me di cuenta de que la esquina del sobre estaba humedecida. No me di cuenta hasta unos segundos después de que mis lágrimas me la habían jugado. Pero no tenía arreglo, el destino de esa carta iba a estar marcado por ese mismo elemento, ya que no hay nada más amplio y eterno que el mar, que era donde iba a lanzar esa carta. 
Por la ventana no podía ver nada más que lluvia y era imposible ver claramente más allá del cristal, aunque probablemente el hecho de que mis ojos no dejaran de humedecerse tenía algo que ver.
Tomé un paraguas, guardé la carta en un bolsillo de mi chaqueta y salí a la calle. 
A causa de la lluvia torrencial, la normalmente abarrotada ciudad donde no podías caminar sin chocarte con alguien ahora estaba desierta.
Comencé a caminar tras abrir el paraguas hasta que, tras un par de pasos, oí cómo un coche se acercaba a la calle de mi casa y se paraba frente a ella. Frente a mí.
Era un coche negro y pequeño. El parabrisas se movía frenéticamente intentando, inútilmente, apartar las gotas de agua del cristal delantero.
A la misma velocidad latía mi corazón.

No quería que me confirmaran lo que ya sabía. Quería vivir en mi mentira un rato más. No tenían derecho a borrarle de la vida con sus palabras.
Incapaz de aguantar mis ganas de llorar y sin tener fuerza suficiente para mantenerme en pie, me arrodillé el suelo y me llevé las manos al rostro para evitar que vieran lo evidente. Fue entonces cuando oí una puerta del coche abrirse y tras ello, unos pasos torpes y asincrónicos aproximándose hacia mí. 
No quería oír ni ver a nadie que no fuera él, y saber que no volvería a verle hizo que gritara de dolor. Un extraño dolor en el que ninguna parte del cuerpo estaba afectada excepto mi pecho y mi cabeza. Un dolor de pérdida.
De repente esa sensación cesó y fue sustituida por un cálido abrazo entre el frío de la calle. Me aparté las manos de la cara y me encontré con unos ojos que pensé que nunca más volvería a ver. Con SUS ojos. Probablemente estaban tan húmedos como los míos. La sonrisa que me mostró no intentaba esconder ninguna tristeza y mis lágrimas ahora no eran derramadas por el dolor. 
Le abracé con fuerza y le dije "bienvenido a casa" entre sollozos. Él se rió con una leve carcajada. No sé si era que mi abrazo era tan fuerte que no le dejaba hablar o si estaba llorando por ello le costaba más reír. 
Me ayudó a levantarme aún cuando mis piernas temblaban de la emoción. Sus pasos eran completamente descoordinados. Cuando me fijé en ello, él me miró y sonrió para decirme que era temporal y que pronto se pondría bien. Le ayudé a entrar en casa sirviéndole de apoyo. Se despidió del conductor del coche y tan pronto como estuvimos bajo techo, se puso a rebuscar su chaqueta hasta encontrar un papel.
Una carta.
 
Antes de que la abriera, ya sabía qué es lo que decía, pero quería que me lo grabara con su voz, por lo que le pedí que me la leyera él mismo.

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