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"Quiero pensar que todo esto es de verdad y que nada ha sido por casualidad.


En el momento en el que te vi entrando por la puerta de aquel bar de mal gusto no imaginé que mi rutina

 

diaria iba a cambiar por completo, por lo que procuré no darte importancia.


Una vez te acostumbras a esta clase de trabajo dejas de soñar con esas cosas bonitas y te pones en la peor de las situaciones para saber cómo sobrevivir. Y tuve que empezar a hacerlo a la fuerza.

Por culpa de mi madre, la mujer que me trajo a esta clase de mundo, bailo en un local donde si tengo "suerte", puedo ser la elegida para llegar al paso de ir a las habitaciones. Si no ganas lo suficiente los hombres de traje que trabajan en el local se divertirán contigo antes de deshacerte de ti.

Es lo primero que me dijeron cuando entré aquí por primera vez, el día que cumplí 17 años.

A lo largo de los 6 años que llevo aquí han ocurrido demasiadas cosas que quiero olvidar. He intentado escaparme, he visto lo que le ocurrían a las chicas que no conseguían lo suficiente y durante un tiempo les he tenido envidia.

Envidia de que ya no tienen que sufrir más. Vivir en este sitio infernal era peor que morir. Sin embargo cuando llegaste tú, me pareció ver cómo las flores crecían en las esquinas del bar.

 

Creo que lo peor que he llegado a ver ha sido la gente. Todos ellos saben lo que se hace con nosotras y parece que eso le divierte. Maldita sea, pagaban para vernos sufrir. Hasta antes de venir nunca había pensado que esa clase de personas podían existir. Y lo peor es que podía ser cualquier persona, cualquier amigo. Cualquier familiar.


Ayer mismo fue uno de esos días en los que quien se hacía llamar mi padre venía a visitarme, pero por supuesto, no para preguntarme qué tal me iba. Para mí era un cliente más. Uno de los peores.

El simple hecho de verle allí me daban ganas de vomitar. El odio y el asco se mezclaban en mi cabeza y tuve que reprimir mis arcadas en varias ocasiones.

Aunque esta vez todo era diferente. Se veía a leguas que estaba bebido y enfadado. Ni siquiera esperó a ir a la habitación para abalanzarse sobre mí.

 

Me dio miedo.


Sin embargo, ante la mirada incrédula de todos, incluida la mía, me lo quitaste de encima. Recuerdo que se levantó tambaleándose y te pegó un puñetazo. Tú ni te moviste del sitio. De hecho, parecía que se hubiera hecho más daño él en la mano que el que hayas podido sentir tú.

En ningún momento de todos los años que llevaba allí nadie había llegado a una situación así para defenderme. Me miraste y me ayudaste a levantarme. De repente tuve una extraña y agradable sensación.

Cuando me diste la mano no fue de una manera fría, al contrario. De alguna manera, la calidez con la que me tomaste la mano hizo que olvidara por un momento que estaba en un antro como este.

No aparté la mirada de tu cara en ningún momento durante varios minutos. Cuando lo pienso ahora creo que me enamoré de ti en ese instante.

El grito cargado de odio procedente de mi padre hizo que bajara de las nubes. Inconscientemente, mientras corría para cargar contra ti, le golpeé en la cara. Sentí unas ganas irrefrenables de darle patadas y de hacerle sentir tan mal como él me había hecho sentir a mí tantas veces. Y aún así, me aguanté.

No quería que me vieras de esa manera y tampoco me permitiría ponerme a la altura de ese hombre.

Pero era como si me hubieras leído la mente, pues le tomaste del cuello, y le echaste del local, como si de una película se tratara.

Después le diste unos billetes al dueño y me llevaste a una de las habitaciones. Tenía la sensación de que contigo nada iría mal, aunque cuando le diste los billetes admito que me hiciste dudar. Pero lo comprendí todo cuando cerraste la puerta detrás de ti.

A diferencia de todas las personas que habían entrado antes, tú no me empujaste a la cama. No me pegaste. Simplemente me preguntaste si estaba bien.

 

Entiende que en ese momento me echara a llorar. No sé si fue porque no podía más, porque no entendía la razón por la que tú eras distinto o por el hecho de que hacía siglos que nadie me preguntaba algo así.


Creo que esa noche fue la mejor de mi vida. Hablamos y hablamos sin parar hasta que te quedaste dormido.

Nos conocimos y nos reímos y descubrí que eras ese chico que siempre había estado trabajando de cocinero en la cafetería de enfrente. Te veía por la ventana y tú me habías visto.

Ahorraste durante años para que fuera libre y eso es algo que nunca te podré pagar. Pero puedes dar por hecho de que mientras estás durmiendo junto a mí y yo te estoy escribiendo esto, estoy velando por ti.

Escribo todo esto para que quede siempre plasmado en alguna parte cómo nos hemos conocido y por si alguna vez te preguntas cómo me he enamorado de ti, puedas leer la respuesta.

Y es que tengo mucho que agradecerte, porque de alguna manera has cambiado el destino, tanto el tuyo, como el mío, como el nuestro.”


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 "Probablemente estos últimos días se han convertido en los peores de mi vida, sin embargo, sé que se han sido un verdadero infierno para ti. Cuando te solía despertar entre besos y caricias, ahora te despertabas ante el fuerte sonido de los disparos o los gritos de tus compañeros; eso si eras capaz de conciliar el sueño. Y es que te imagino en el traje de soldado con el cuerpo de un niño, dispuesto a hacer lo posible por proteger a los tuyos. Para protegerme.
Pero es injusto que haya que proteger a los demás de algo. Las cosas no se deberían solucionar así.
Recuerdo cuando te decía estas cosas. Tus ojos entristecidos intentando esconderse tras tu sonrisa contagiosa. Me dabas la razón y me acariciabas la cabeza hasta que la alegría se desvanecía. Sé que pensabas "pero debo ir".
Y desde que no estás, parece que al salir de casa las luces no iluminan ningún camino, las voces de la gente no generan ningún sonido, el aire ya no se mueve. Lo único que hago es pensar en ti. En los momentos que recuerdo contigo y en aquéllos en los que me he imaginado en un futuro contigo. 
Un futuro en el que estaríamos juntos hasta que la muerte nos separase. 
Pero ha llegado antes de tiempo y simplemente, me niego a creerlo. Por eso mismo te estoy escribiendo esto. La muerte no podrá separarnos, no podrá destruir el amor que ha perdurado e incluso aumentado en nosotros tras todos estos años. 
Dicen que las palabras escritas son eternas y tal es mi afecto hacia ti, que quiero que quede constancia para siempre, tal y como me prometiste que harías tú, pues tus palabras de cariño siempre se grababan en mi corazón y en mi mente.
Te escribo esta carta para que, desde donde sea que me estés mirando, sepas que siempre te querré con todo mi ser".
 
Entre lágrimas, doblé el papel y lo introduje en el sobre con todo el cuidado del mundo posible para que se mantuviera en buenas condiciones. Aún así, me di cuenta de que la esquina del sobre estaba humedecida. No me di cuenta hasta unos segundos después de que mis lágrimas me la habían jugado. Pero no tenía arreglo, el destino de esa carta iba a estar marcado por ese mismo elemento, ya que no hay nada más amplio y eterno que el mar, que era donde iba a lanzar esa carta. 
Por la ventana no podía ver nada más que lluvia y era imposible ver claramente más allá del cristal, aunque probablemente el hecho de que mis ojos no dejaran de humedecerse tenía algo que ver.
Tomé un paraguas, guardé la carta en un bolsillo de mi chaqueta y salí a la calle. 
A causa de la lluvia torrencial, la normalmente abarrotada ciudad donde no podías caminar sin chocarte con alguien ahora estaba desierta.
Comencé a caminar tras abrir el paraguas hasta que, tras un par de pasos, oí cómo un coche se acercaba a la calle de mi casa y se paraba frente a ella. Frente a mí.
Era un coche negro y pequeño. El parabrisas se movía frenéticamente intentando, inútilmente, apartar las gotas de agua del cristal delantero.
A la misma velocidad latía mi corazón.

No quería que me confirmaran lo que ya sabía. Quería vivir en mi mentira un rato más. No tenían derecho a borrarle de la vida con sus palabras.
Incapaz de aguantar mis ganas de llorar y sin tener fuerza suficiente para mantenerme en pie, me arrodillé el suelo y me llevé las manos al rostro para evitar que vieran lo evidente. Fue entonces cuando oí una puerta del coche abrirse y tras ello, unos pasos torpes y asincrónicos aproximándose hacia mí. 
No quería oír ni ver a nadie que no fuera él, y saber que no volvería a verle hizo que gritara de dolor. Un extraño dolor en el que ninguna parte del cuerpo estaba afectada excepto mi pecho y mi cabeza. Un dolor de pérdida.
De repente esa sensación cesó y fue sustituida por un cálido abrazo entre el frío de la calle. Me aparté las manos de la cara y me encontré con unos ojos que pensé que nunca más volvería a ver. Con SUS ojos. Probablemente estaban tan húmedos como los míos. La sonrisa que me mostró no intentaba esconder ninguna tristeza y mis lágrimas ahora no eran derramadas por el dolor. 
Le abracé con fuerza y le dije "bienvenido a casa" entre sollozos. Él se rió con una leve carcajada. No sé si era que mi abrazo era tan fuerte que no le dejaba hablar o si estaba llorando por ello le costaba más reír. 
Me ayudó a levantarme aún cuando mis piernas temblaban de la emoción. Sus pasos eran completamente descoordinados. Cuando me fijé en ello, él me miró y sonrió para decirme que era temporal y que pronto se pondría bien. Le ayudé a entrar en casa sirviéndole de apoyo. Se despidió del conductor del coche y tan pronto como estuvimos bajo techo, se puso a rebuscar su chaqueta hasta encontrar un papel.
Una carta.
 
Antes de que la abriera, ya sabía qué es lo que decía, pero quería que me lo grabara con su voz, por lo que le pedí que me la leyera él mismo.

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